Friday, 18 May 2012 18:28

Viaje Fin de Curso 4º ESO 2012

Los pasados días 18, 19 y 20 de abril tuvo lugar el viaje de fin de curso de 4º de ESO que realizamos, como años anteriores, a Colombres (Asturias), en la desembocadura del río Deva.

 

 

UN PARAÍSO PASADO POR AGUA

Dicen que abril es el mes más lluvioso, e incluso se creó un famoso refrán que hoy día se sigue diciendo. Se acercaba el mes de mayo, cuando un grupo de alumnos de cuarto curso maldijeron el dichoso refrán durante tres días. Esta intrépida camarilla se encauzó en una fantástica aventura que no pronto sus memorias olvidarán.

Llegó el comienzo de la peripecia en un día no muy nublado y de madrugada con unas pocas esperanzas de echar una cabezada en el autobús. Este acababa de salir de la fábrica; a juzgar por la matrícula, la pulcritud y el olor a nuevo que inundaba nuestros pulmones de una fragancia característica.

Después de una parada a medio camino, logramos alcanzar nuestro destino; la tierra norteña y húmeda, el color verde que todo lo cubría, la frescura septentrional y la brisa del mar Cantábrico; ASTURIAS.

Al llegar, y tras andar un tramo con nuestras respectivas maletas, pronto nos encontramos frente a una casita azul, de dos pisos, con césped a ambos lados, lejos de ser rústica y cerca de ser acogedora. En seguida, colocamos el equipaje y fuimos a comer. Para ocupar la tarde, se había pensado en un descenso de cañón con todo tipo de artilugios: mosquetones, cuerdas, neoprenos… Pero, ¡ay, mes de abril, que también desbordó el barranco haciéndolo peligroso de tanto llover! Otra tarea nos fue encomendada. Algo oscuro, sucio y arcilloso, algo no previsto… Algo llamado: espeleología.

Así fue que nuestra labor no fue otra que adentrarnos en una cueva embarrada, una inmensa cantidad de greda rodeando cada centímetro de nuestro cuerpo. Cierto es que nos facilitaron monos azules de obrero o verdosos de dos partes y cascos con linterna incorporada para proteger nuestra mollera, pues más de uno hubiera perdido unas cuantas neuronas. Fobias aparte, el ambiente en la oscuridad y el silencio fue una sensación muy peculiar que no sé si alguno repetirá en un futuro. Mientras un grupo hacía espeleología, otro grupo hizo un paseo hasta la playa con el mar picado y las olas rompiendo contra las rocas, y con la visita a un pueblo cuyo nombre prometía: Pechón.

Por la tarde, limpiamos nuestros rostros al fin de las marcas que el lodazal había dejado en nuestra piel. Una suculenta cena después de una gratificante ducha bastó para devolver la dignidad a nuestros compañeros. Más tarde, nos dirigimos de noche a Unquera, y nos incorporamos al ambiente de un pequeña pub donde, tras ver un partido de fútbol, unos encontraron su entretenimiento comentando las jugadas y otros, más adentrada la noche, bailando. Por la noche, todos caímos tarde o temprano en las redes del sueño.

A la mañana siguiente, todos nos encontrábamos cansados de las actividades del día anterior, pero con muchos ánimos de proseguir nuestra aventura. Pero aquel día iba a ser aún más interesante, descubriríamos al fin el clima asturiano.

Nos dirigimos, tras desayunar, a FuenteDé, que no es ni FuenteCé ni FuenteEfe. Mientras dormitábamos, la blanca nieve comenzó silenciosamente a cubrir la carretera a medida que avanzábamos. Llegamos a un lugar en el que la montaña se fundía con las nubes y la nieve. Pero, increíblemente, salió el sol, y qué decir tiene: de nada sirvió.

 

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Rafting por el río Deva

 

Cogimos el teleférico por grupos de unas doce personas, y, tras salvar una gran altitud, llegamos a la cima. Una fuerte ventisca con un aire glaciar nos azotaba allá donde nos orientáramos, y aunque algunos adoptaran la formación esquimal y otros cogieran bolsas de plástico para deslizarse colina abajo; no faltaron los resbalones, las bolas de nieve y de nuevo el frío. Descendimos de nuevo en el funicular, empezando a sentir una maravillosa sensación; recibiendo la gratísima noticia de que nuestros dedos no estaban congelados.

Comimos en un pueblecito no muy lejos de allí, resguardado y tranquilo por el que pudimos pasear. ¿Su nombre? Potes. Había maravillosos paisajes, la montaña, las nubes que se abrían dejando ver el azul del cielo, preciosas casitas rurales y tiendas, era un lugar verdaderamente mágico. Cuando llegó la hora de salir del lugar, nuestro meteorólogo particular, (que no era otro que nuestro coordinador), nos anunció ¡que se había decidido ir a la playa!

Tras pasar por el albergue para cambiarnos, nos encaminamos rumbo a la playa de La Franca. Unos pocos valientes se bañaron en una gélida ría, ya que el mar estaba cubierto por olas de medianas dimensiones y arrastraba todo aquello que tocaba; otros solo jugaron al fútbol, y unos últimos se quedaron abrigados, contemplando el maravilloso paisaje. La tarde fue espectacular, pero muy fría para gusto de todos.

Se repitió la escena del día anterior, una ducha medio caliente y una cena candente para animar el cuerpo. Cuando conseguimos entrar en calor y nuestros rostros amoratados por el frío cambiaron su color por el rojo de la sangre fluyente, volvimos al pueblo de la noche anterior, Unquera. Fuimos a un local mejor ambientado que el pub del día anterior, con billar, futbolín y una buena televisión donde disfrutar de fútbol real. Exhaustos de bailar, volvimos al albergue a pasar otra larga noche, y aunque estuviera prohibido comer en las habitaciones, hubo gente cuyas tripas rugían con tal intensidad, que se vieron obligados a engullir a dos manos.

Al día siguiente, tomamos el mismo desayuno escaso del día anterior, y en unos momentos ya estábamos calzándonos los neoprenos, nos esperaban las balsas. Así es que fuimos en autobús hasta un punto del recorrido del río Deva, donde, tras darnos las correspondientes instrucciones, nos dividieron por grupos de ocho o diez personas. El momento culminante surgió cuando otras balsas se acercaban al grito de: ¡Al abordaje! Unos y otros nos tirábamos al agua helada del río. Y cuando ya habíamos recorrido varios kilómetros del río, llegamos a un pequeño embarcadero, donde cogimos unas furgonetas de diez personas en dirección al albergue. Nos duchamos, comimos, recogimos y, tristemente, salimos en autobús camino a casa.

El viaje de vuelta, fue muy silencioso, y no por otra causa que no fuera que ¡todos nuestros compañeros estaban dormidos! A la hora de la merienda, nos encontrábamos en Burgos, ciudad que visitamos, (por libre o siguiendo a quien sabía dónde iba), como última parada antes de llegar a Madrid. Nos pareció una ciudad tranquila, con sus calles y sus coches, sus casas y su magnífica catedral. Muchos vieron y aprendieron por primera vez qué era el Papa Moscas, que marcaba las horas tocando la campana y abriendo la boca.

Era ya de noche cuando llegamos a Madrid. Un sentimiento muy extraño nos unía a todos. No era tristeza, no era melancolía, ya nos reuníamos con nuestras familias, era el sentimiento de que habíamos pasado tres fantásticos días en una tierra que solo algunos conocían, una tierra que nos había desvelado muchos secretos y donde el compañerismo, la diversión y la aventura nos habían unido un poco más a todos.

Había merecido la pena, ese paraíso pasado por agua, la patria querida: Asturias.

Realizado por:

Carmen Gándara Enguídanos y Jorge Mínguez Martínez 4ºA

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Mucho frío arriba del teleférico en Fuentedé.

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